Miaoli, el principal hábitat del gato de Formosa en Taiwán, cuenta con 16 agricultores certificados que gestionan 18 hectáreas siguiendo estrictas normas ecológicas: no pueden usar herbicidas ni pesticidas, deben mantener la maleza a 30 centímetros y evitar desarrollos en el entorno. Aunque estas restricciones dificultan la producción, los agricultores celebran la creciente biodiversidad de sus tierras.
Las cámaras han registrado numerosos animales salvajes en estas fincas, incluidos pangolines y muntíacos. Los agricultores asumen pérdidas —como dejar frutas en el suelo para los animales— y se adaptan a convivir con la fauna. Aunque temen que la hierba alta compita con los cultivos, reconocen que acaba aportando nutrientes, y destacan que la ausencia de químicos da tranquilidad a los consumidores.
Los productos de estas fincas ecológicas pueden costar un 40 % más, pero existe demanda debido a su calidad y seguridad. Desde 2019, Miaoli cuenta con una ordenanza pionera para proteger al gato de Formosa. Los agricultores afirman que, pese al mayor esfuerzo y coste, contribuir a la conservación de la especie hace que todo valga la pena.