Taiwán atraviesa una crisis demográfica persistente, acumulando ya 27 meses consecutivos de pérdida de población. A pesar de que marzo registró un ligero alivio con el nacimiento de 8798 bebés (un repunte significativo tras el mínimo histórico de febrero), la tendencia general sigue siendo descendente. En total, el país ha perdido más de 100 000 habitantes en el último año, una situación que ni siquiera el saldo migratorio, ligeramente positivo este mes, ha logrado compensar.
La brecha entre la vida y la muerte sigue ensanchándose: en marzo, las defunciones casi duplicaron a los nacimientos, lo que arroja un crecimiento natural negativo de casi 10 000 personas. Geográficamente, el fenómeno es desigual; mientras que polos tecnológicos como Taoyuan logran atraer nuevos residentes, la capital, Taipéi, y las zonas periféricas como Kinmen sufren las mayores tasas de abandono y envejecimiento, reflejando una preocupante concentración poblacional en áreas muy específicas.
El dato más crítico es que Taiwán ya se ha consolidado como una sociedad superenvejecida, con más del 20 % de sus ciudadanos por encima de los 65 años. Con una base juvenil que apenas supera el 11 %, la estructura social del país se enfrenta a retos económicos y de cuidados sin precedentes. Este desequilibrio estructural, sumado a una tasa de natalidad que sigue siendo de las más bajas del mundo, pone de manifiesto la urgencia de políticas que frenen el invierno demográfico que vive la isla.